skip to main |
skip to sidebar
Alguien que sabia de que hablaba dijo que mi vida emocional siempre iba a ser movida, y que lo que a mi me hacia crecer era relacionarme con los demás. Entiendo entonces que para compensar sienta cierta vocación de hermitaño. Me encantaría, en un momento dado, encerrarme en un monasterio solitario donde no pasara nada, donde todo estuviera controlado por una estricta rutina. Entonces viviría conmigo mismo, me quedaría con los detalles, con los cambios del tiempo, me haría amigo de algún petirrojo que v
isitaría la ventana de mi celda por las mañanas (pero sin demasiadas confianzas), y me sentiría romántico y soñador. Imaginaria mi vejez y todo sería según dicta el plan. En vez de esto, me encuentro que mi visión ideal se rompe cada vez que me encuentro con la(el) otra(o), que me pone en evidencia, me agobia y me da miedo. Cada cuál con su cruz, y en mi caso los tesoros de la vida se encuentran potencialmente en manos de los demás. Odio esto, odio tener que pactar, que sea importante, que no pueda hacer lo que quiera, cuando quiera y como quiera. No sé, es un sentimiento como de otra vida en la que fui rechazado, y ahora no espero nada bueno. Por ahora, lo mejor es relajarme y dejarme llevar. Voy poco a poco y así, cogiendo confianza, abandono la necesidad de que crearme un entorno supercontrolado, y puedo soltarme y vivir tranquilo más allá de mis dominios. Puedo salir, ser libre... ¡Buen viaje, trotamundos!.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada