skip to main |
skip to sidebar
Últimamente me cuesta mogollón hablar. Es como si no pudiera concentrarme en lo que digo, como si me fuera a faltar tiempo para construir mis ideas, como si irremediablemente cada
palabra estuviera destinada al absurdo. Sólo escribiendo me aseguro un espacio respetuoso. Aunque creo que hoy en día mi inseguridad es mi nueva seguridad. Hay como una apropiación orgullosa de mis complejos. Lo más curioso es que esto me proyecta una nueva imagen exterior. Y es que estoy construyendo-me, con poco presupuesto, para tener una vida sostenible que merezca la pena ser vivida. Aborrezco ya los subidones de cinco minutos, una noche, cinco años, en manos de quién viene y se va. Es la sensación empalagosa de masticar azúcar. Las primeras cucharadas te saben a dulce travesura, pero cuando ya llevas unas cuantas te
dan asco repulsivo. Hoy respondo ante mí mismo, un compromiso más profundo, un amor más necesario, un odio más terrible, una responsabilidad mayor y por lo tanto miedo, y miedo al miedo, y inseguridad y dificultad para comunicarme. Lo que me queda, tras aprender a decir que no, tras comprender que ser la elegida no siempre es una suerte, es dejarme llevar por el río de la vida, en una actitud de fe. Que si vienen cascadas por algo será, que si rápidos o si aguas tranquilas, pues muy bien, que no depende de mí, que nada de lo que haga podría cambiarlo, que sólo me queda flotar lo que me quede.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada