skip to main |
skip to sidebar
Hay una anécdota, una cosa que me pasó de pequeño, que es crucial por ser algo que se me repite constantemente. Yo entonces era del tipo "P. Tinto" de pequeño, con mi cara de ratón. Pasó que un niñato de la escuela, que me llevaba unos cobardes cursos de ventaja, me acosaba a la salida de clase para torturar mis orejas y sentirse vete a saber quien. Resultó que un día me estuvo siguiendo más tiempo de lo habitual, mientras mi astuta pequeñez lo dirigía a la boca del lobo. Cuando pasamos por delante de la tienda de mis padres abrí la puerta de un zarpazo y lo acusé a pleno pulmón. Se quedó de piedra. Pero la sorpresa fue mía porque mi padre estuvo más a favor de él que de su propio hijo. No es que lo defendiera, pero sí lo justificaba. Intentaba por
todos los medios acabar la conversación con una sonrisa en la boca y un "buenos días, a sido un placer conocerle". A día de hoy podría pensar que se trata de una percepción alterada por mi mente infantil de entonces, pero mi hermana mayor esa misma tade le recriminó a mi padre no haber sido más implacable ante mi sufrimiento. Bueno, pues esta actitud como de justificar al agresor ha resultado ser una herencia de familia. Ahora soy yo quien en algunas irritantes ocasiones hago lo mismo. Por ejemplo, tengo una vecina que por disposición del piso es más bien una compañera de habitación. Le da por poner música cuando le da la gana y todo lo alta que le apetece, como si viviera en medio de la nada. No soporto estas intromisiones en mi espacio acústico, sobretodo no a ciertas horas (la última a las 8 de la mañana). Bueno, pues en esta nueva ocasión me lancé como un tigre a llamar a su puerta. Cuando abrió, con esa sonrisa de "hola que tal" y esa actitud de "¿Le puedo ayudar en algo?", yo, inconcebiblemente, me puse en plan
"amiguista" a justificar porque ella hacía lo que hacía, como si quisiera defenderla de mí mismo. Por supuesto, después me comí las uñas pensando que en vez de pasarle la pelota se había quedado en mi tejado, más inflada si cabe. Me ocurre con gente que creo pueden tener algún poder sobre mí, o darme mala prensa o tener una mala opinión, que ya ves tu. Tiene que ver con la aceptación social. Pero también me pasa con mis sobrinitos, que no sé ponerles límites y acaban subiéndome a caballo, porque no me impongo, porque quiero que actúen con libertad. Pero hay veces que una persona no ha madurado lo suficiente para saber que su libertad termina donde empieza la de los demás. Entonces a esta persona hay que plantarle las banderillas y punto. ¿Porqué esta imposibilidad mía para concebir un enfrentamiento?. ¿Porqué no puedo decirle simplemente: ¡Cómo me vuelvas a joder no te lo diré con las mismas palabras!. En vez de esto la he invitado a cenar, esperando que si le hago un buen pastel entrará en razón. ¡Joder, puedo ser más imbécil? Bueno, en realidad no creo que sea tan gili. Creo que debajo de esto hay un estudiado plan para conseguir cosas. Quizás fue la manera con la que logré sobrevivir en el colegio y los años posteriores del instituto... (Continuará).
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada